Capítulo 1 - Mecida por el viento

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    Es una tarde de primeros de diciembre fría y lluviosa, triste y gris. Desde el coche diviso a lo lejos la diminuta capilla, cuyas blancas paredes quieren sobresalir entre la espesa cortina de lluvia que cae sin cesar. Aparco y camino lentamente por el sendero de piedra por el que tantas veces hemos paseado. Confieso que en esta ocasión me parece grande en su pequeñez, segura en su fragilidad. Conforme avanzo diviso las finas ramas de lo que en primavera se convierte en una hermosa y floreciente hiedra, ahora triste y melancólica. La campana, en lo alto, parece querer alcanzar las nubes en su incesante empeño en llamarnos y conducirnos a Dios.

  El repiquetear incansable de la lluvia martillea mis oídos, un martilleo que acompaña mi triste caminar hacia la capilla. Me vienen a la cabeza los primeros compases del Introitus del Réquiem de Mozart, siempre misteriosos, siempre trágicos.

     Los instrumentos de viento madera predominan con su conmovedor fraseo sobre el tenue acompañamiento de la cuerda; un comienzo que se transforma en un profundo lamento del propio compositor, que en su lecho de muerte se resiste, pelea y lucha por evitar su fatal destino

     —¡Cuántas veces lo he interpretado!, ¡cuántas veces me ha emocionado!, ¡cuántas veces lo he llorado! —El camino está surcado de árboles centenarios a diestro y siniestro, y al llegar a la puerta, enmarcada por un arco de medio punto, me detengo a contemplar las doce tallas de madera superpuestas que lo componen; los doce apóstoles representados en sencillas figuras. Inspiro profundamente y atravieso la puerta con paso decidido, no sin antes dejar el paraguas en la entrada.

      —Hoy no hay nadie —me digo a mí misma al verla vacía. 

      Hay cuatro filas de bancos, a derecha y a izquierda, y un estrecho pasillo que finaliza en un pequeño y sencillo retablo de madera con la imagen de la Virgen con el Niño, cuidadosamente iluminada. Atrapada en su mirada, Ella siempre me transmite calma y sosiego, me infunde paz… ¡Qué bien se está aquí! Me siento al final, como siempre he hecho, y cierro los ojos con la intención de serenar mi profundo dolor. En ningún otro sitio me he sentido tan llena, tan plena, con ese sentimiento de quietud que embarga todo mi ser. Pero hoy es un día muy distinto, hoy mi corazón y mi alma desgarrada por el dolor buscan un consuelo que no llega.    

    —Querida Madre, aquí estoy ante Ti para que me infundas ese valor que tuviste cuando tu Hijo murió en la cruz. Ahora entiendo más que nunca tu sufrimiento, tu angustia, tus lágrimas. Apacigua mi corazón afligido, porque no soy capaz de sobrellevar tanta pena. No sé muy bien por qué ha pasado ni cuál es el propósito de todo esto, pero te necesito. Cuídame, abrázame…, ¡sáname! 

   Inspiro hondo, muy hondo, y me quedo quieta intentando aguzar el oído, en actitud de escucha. Abro mi alma y espero. Al cabo de un rato me levanto, me acerco sigilosamente al retablo y enciendo tres velas, una por mi querido marido Juan, y dos por mis dos amados hijos, Martín y Javier, mientras unas lágrimas recorren mis mejillas. Saco un pañuelo del bolso, las seco, y salgo sigilosamente, no sin antes despedirme con una amarga reverencia. Cojo el paraguas, cierro la puerta y me dirijo al coche. 

     —Vaya, hoy no para de llover…, espero llegar a tiempo.     

   Hay ciudades en las que la lluvia ocasiona verdaderos problemas de tráfico, y Madrid no es una excepción. En las vías de acceso, calles y avenidas, las innumerables gotas de agua ralentizan el incesante ritmo de vida. Y mientras me lleno de paciencia, escucho Radio Clásica. Hoy están retransmitiendo el Concierto para la noche de Navidad, de Corelli.

   Siempre he disfrutado con las bellas melodías de esta obra, en concreto las que dan forma al diálogo entre los dos violines y el violonchelo, acompañados sutilmente por el resto de la cuerda. Es una música pequeña, como pequeño, sencillo y humilde era el pesebre donde Cristo nació. Al mismo tiempo es cálida y rebosante de momentos íntimamente delicados, como lo fue la adoración de los pastores que allí se encontraban.

   En ciertos momentos pierdo la mirada en el difuso horizonte que la lluvia me deja ver. A pesar de la gran tristeza que albergan mi corazón y mi alma, la música consigue mantenerme a flote y, en cierta forma, ahora alimenta mi motor. Desde la adolescencia me ha gustado el tiempo previo a la Navidad, ha tenido un encanto especial que hoy en día, y a pesar de las desgracias personales, se transforma en un renacer muy profundo en mi interior. Año tras año, este sentimiento florece en mí con gran intensidad. Después de los meses tan duros que llevo arrastrando, parece que comienzo a experimentar un poco de luz, un pequeño hilo de esperanza en medio de tanto dolor y oscuridad.

    Por fin soy capaz de llegar a la zona que rodea la iglesia de los Jerónimos. Intentaré aparcar en el parking de las Cortes; espero que aún queden plazas libres. Por suerte, así es. Apago el motor y saco el violonchelo del coche… ¡Bufff!, debí escoger otro instrumento cuando empecé en el mundo de la música…, aunque sé que no me equivoqué, y que solo pienso en arrepentirme mientras cargo con él por las estrechas e incómodas escaleras del aparcamiento .

   Cuando salgo a la calle, diviso la iglesia, que se ve majestuosa a la luz de la luna y de algunos focos colocados estratégicamente, iluminándola de forma caprichosa. Su estilo gótico resalta sobremanera; me llama la atención la fachada de piedra serpenteada con ladrillo, aquí y allá. Por suerte llego casi a la hora del ensayo; no está mal después del tráfico tan horrible que he encontrado…, y al menos la lluvia ha cesado.​     ​

    —¡Por fin estás aquí, Olivia! Creí que no llegarías a tiempo.

    —¡Uf!, menuda tarde llevo. El tráfico y la lluvia no son buenos compañeros de juego cuando tienes prisa. ¿Estamos todos?

    —Sí. Bueno, ya sabes, Antonio siempre tiene que aparecer el último…, ¡está siendo fiel a sí mismo! Si quiere salir al escenario, ya puede ir viniendo…

     —¡Cómo no! —interrumpo mientras saco el violonchelo del estuche junto con el arco y la correa. 

     Nos colocamos en el segundo atril; yo, en la parte exterior, esto es, junto a los bancos del público, y mi compañera de atril, Carmen, en el interior, junto a las violas. La ventaja de estar en el exterior es que evito pasar las páginas de las partituras en pleno concierto…, algo que odio tremendamente, no me preguntes por qué, pero así es.

     —¡Chicos!, os traigo un pequeño detalle para que lo colguéis del clavijero —me dirijo a mis colegas de cuerda—. Son unos pequeños colgantes de fieltro con distintos motivos de Navidad: campanas, árboles, estrellas, corazones, botas, bolas…, estamos a primeros de diciembre y tenemos que ir preparando el espíritu navideño. ¡Venga, elegid el que más os guste! Colgados sobre las clavijas del violonchelo quedan originales y no molestan al tocar. ¡Yo me quedo con esta estrellita roja!

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Te hará reír, llorar, "odiar".... y te enganchará para no dejar de leer hasta el final.

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